El Jaguar y la Ceiba

Autor: Delmar Deur
Ilustración: Marisol Quesadas

Hace miles de años el Jabín, el Chacá y el Chechén jugaban en medio de la selva maya.

En un rincón se encontraba la Ceiba triste porque los otros árboles no querían jugar con ella debido a su pequeño tamaño. Su único amigo era Balam, el jaguar, quien la animaba cuando se sentía sola.

Jabín, Chechén y Chacá le decían a Balam que no jugara con Ceiba porque sus ramas eran frágiles, en cambio las de ellos eran grandes y fuertes.

A él no le importaba, Ceiba era muy amable e inteligente y podía platicar con ella por horas.

Ten paciencia Ceiba, un día serás capaz de observar la selva maya desde lo más alto, dijo el jaguar, mientras se recostaba bajo la sombra de su amiga

Los años pasaron y la amistad entre Ceiba y Balam era más fuerte cada día. Desde la salida del sol hasta el anochecer el jaguar le relataba las historias de los hombres de maíz, los mayas.

Ceiba las había escuchado una y otra vez, pero disfrutaba la compañía de Balam y constantemente le hacía preguntas sobre la historia.

Conforme absorbía conocimiento Ceiba comenzó a crecer, hasta alcanzar el tamaño del jabín. Ese día fue aceptada por los demás árboles.

El tiempo pasaba y la ceiba no dejaba de aprender y crecer, Chechén y Chacá ahora eran más pequeños que ella y se reunían a su alrededor para escuchar las historias de los mayas, se las sabía de memoria. A lo lejos Balam la miraba con orgullo.

El jaguar se acercó a los árboles, pidió la palabra y comenzó a contar una historia que la ceiba nunca antes había escuchado, la leyenda de los 3 mundos, el Ka’an ( el Cielo), Kaab (la Tierra) y Xibalbá (el Inframundo), la más grande creación de Hunab Kú, el Dios más importante.

Balam dijo que Hunab Ku un día regresaría y conectaría a los 3 mundos a través de un majestuoso árbol, no solo por su tamaño, sino por su inteligencia y nobleza.

El jaguar guardó silencio y entre luces y destellos comenzó a cambiar de forma hasta quedar convertido en lo que parecía un hombre.

Una voz retumbó la selva.

Mi nombre es Hunab Ku, dijo, durante años los he observado y hoy con alegría vengo a presentarles al que será el árbol sagrado para los mayas, la puerta entre un mundo y otro.

En ese momento las ramas de la ceiba se cubrieron de flores, sus raíces y tronco se hicieron más grandes y un brillo iluminó toda su figura.

Jabín, Chacá y Chechén miraron con asombro a la majestuosa ceiba, quien ahora era capaz de ver cada rincón de la selva y a todos los seres que habitaban en ella.

Tú serás el centro cósmico, el árbol sagrado de los hombres de maíz, mi corazón en cada uno de los tres mundos. Dijo Hunab Ku, mientras desaparecía en un rayo de sol.

Es así como la pequeña ceiba, con paciencia y grandeza en su corazón se convirtió en el árbol más importante y venerado por los mayas.

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