Circo de Mil Estrellas

«Mi vida cambió desde esa noche, cuando en compañía de mi familia, presencié un espectáculo que tocó cada rincón de mi alma.»

«A unos pocos kilómetros de la ciudad de Mérida existe un lugar llamado Molas, el pueblito de mi infancia y mi juventud, al que cada verano e invierno viajaba con mi familia para pasar las vacaciones, disfrutando la oportunidad de convivir con mis primos, tíos y abuela.»

» Ese viaje a Molas fue diferente, al llegar lo primero que supe fue que un circo se encontraba instalado en el campo de futbol y que esa noche habría función. De camino a casa de mi abuela pude observarlo en el centro del césped, majestuoso, colorido y a la espera de recibir a niños, padres y abuelos.»

» Recuerdo haber pasado toda la tarde ansioso, esperando la hora de hacer fila y poder comprar mi boleto de entrada, una bebida y una manzana cubierta de chamoy.»

» Cuando finalmente me encontré en el interior, quedé impactado con lo que mis ojos observaban, era un circo tan grande, pero tan grande, que la carpa apenas alcanzaba a cubrir la mitad de los 50 asientos, el resto del público era iluminado por la luna y miles de estrellas.»

» Algo curioso es que conforme transcurría la noche, noté que varios personajes desaparecían durante algunos minutos. Un momento… aquel payaso me resultaba familiar, ahora que lo pienso, el maestro de ceremonias y el vendedor de boletos tenían el mismo rostro. Incluso podía apostar que la niña que minutos antes pasó vendiendo palomitas era idéntica a quien se encontraba a punto de saltar en el trapecio y la maga era la misma mujer que amablemente nos asignó espacios al ingresar al circo.»

» Entonces, emocionado, descubrí que con los dedos de mis manos podía contar a quienes conformaban ese circo tan mágico e inmenso, era un circo familiar que viajaba llevando alegría a los pueblos más pequeños.»

» Diana, de apenas ocho años, era la estrella de cada función, con sus delicados movimientos en el columpio, mantenía atentas y cautivas las miradas de todos los espectadores, mi mamá se convirtió en su admiradora número uno. El hijo mayor realizaba acrobacias y saltos mortales sobre una esfera, mientras su tío creaba una atmósfera única con sonidos y luces multicolor. La experiencia fue y es una de las mejores y más alegres que he compartido con la gente que quiero.»

» Han pasado ya varios años y aún se dibuja en mi mente la sonrisa de cada uno de los artistas del circo al recibir la ovación final del público. Esa noche aprendí que en familia se sonríe mejor y que el corazón de un artista es diferente, pues valora la calidez de un aplauso como ningún otro.»

«Sueño con un día, en compañía de mis hijos, poder disfrutar de nuevo el espectáculo y conocer a la nueva generación de este Circo de Mil Estrellas.»  (Delmar Deur Briceño Valadez/ Foto de portada Paco Villanueva)

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